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Y me observa placentero…

noviembre 29th, 2009 by ilochi

Con una resaca de tranquilizantes, tambaleante y asaltada por fantasmas anónimos de la tarde pasada, camino por el pasillo. A lo lejos, la puerta del despacho. La miro y la veo distinta, cambiada. Pero… no puede ser –ironizo-. ¿Es eso de ahí  lo que yo creo que es? “Profa. Irene L. Chiralt”. Veo en mi reflejo una sonrisilla de satisfacción. Dorada y reluciente, destaca de entre todo lo que en mi mirada se ha posado durante esta fría mañana de tardío invierno. En mi despacho -¡MI despacho! puedo gritar ya a los cuatro vientos- no tengo compañía. Resulta extraño sabiendo que somos cuatro los que ya oficialmente lo compartimos.

Mi silla, espera indiferente mi llegada frente a una mesa repleta de papeles, libros de texto de tapas desgastadas, vasos de café de máquina, bolígrafos sin tinta… Y en entre todo el desorden, una carta. Una sola. Mi curiosidad expectante. No guarda dirección en su reverso, ni sello por lo que veo. Curiosidad creciente. Para abrirla… un abrecartas, mas no tengo. Levanto la mirada. Quizás Fausto, profesor adjunto del departamento y un tanto descafeinado, sí tenga. Mis ojos inspeccionan instintivamente su escritorio, que pegado al mío resulta visualmente más despejado. De todos modos, tampoco es necesario, puedo abrirla sin tener que usar un abrecartas. Pero en ese instante, lo veo. Entre nosotros no acostumbramos a tomarnos cosas prestadas y menos sin permiso… sin embargo, tenerlo ahí, tan a la mano y con la curiosidad que la carta me ha despertado, lo hace irresistible.

La calefacción no funciona. Con la chaqueta puesta y los guantes de lana, mis movimientos resultan torpes, pero no cederé ante ello. Abro la carta. En su interior, una nota sin signar:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío”.

Un asalto que me ha dejado K.O. “Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido”. Frases infinitas, rescatadas de un tiempo pasado que vuelve para repetirse cual eco malsonante en mi cabeza. Pero el sonido chirriante de la puerta mi hace reaccionar. Dirijo la mirada rápidamente en busca de mi nuevo acompañante. La puerta se abre y tras ella aparece él. Alto, fornido y de apariencia aria. Ante su presencia, mi mente da un salto hacia atrás para devolverme de inmediato a mi pasado más presente. Tengo frente a mí  al agresor de la cafetería. Su mirada se me clava. A sus espaldas, la puerta queda cerrada, y mi ansiedad se intensifica por momentos. Acercándose lentamente a mi mesa, me sonríe. La respiración me ahoga, noto cómo si mis pulmones trabajaran inagotablemente sin obtener oxígeno en su labor. Y es que respiro, pero no hay aire a mí alrededor. Y es peor cuanto más cerca le sé. No despega su mirada de mis ojos. El silencio más absoluto es lo único que alcanzo a respirar. Parado frente a mí saca… ¡un cuchillo! Y en medio de mi tétrica parálisis, mi sistema nervioso se revela y mi cerebro me obliga a alzarme de la silla. De pie, parada frente a él, veo cómo me observa, cómo disfruta percibiéndome así. En silencio, me mira placentero.

Grito inconsolable, saliente de mi desgarrada garganta, que corta la quietud y retumba para no ser oído más que por el sigilo del lugar. Con un brusco movimiento, el peso de su cuerpo sobre el mío y su cuchillo amenazante aproximándose hacia mí. Forcejeo, resistencia… turbulentas nubes se ciernen en mis actos. Todo ocurre tan rápido después de eso, que por unos momentos, no alcanzo a comprender la magnitud de los hechos acaecidos ante mí.  Antes: desespero, rabia, inconsciente defensa; ahora: miedo, pasmo, su cuerpo desangrándose frente a mí. Y tiemblo, tiemblo exhorta mientras percibo mi personal desangre.

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Sorpresa

noviembre 29th, 2009 by amarge

Es viernes por la mañana, las 6:00 para ser exactos. Me asomo a la ventana y compruebo que la noche todavía cubre con su manto la silueta de un pueblo envuelto en tinieblas, tinieblas semejantes a los quehaceres de mi alma aturdida, perdida en la negrura de pensamientos oscuros, reflejados en noches de intenso llanto silenciado. Cada vez me siento más perturbada por lo acaecido, cada vez resuenan tambores demasiado escandalosos en mi cabeza. ¡Cómo quisiera haber tenido una vida normal!, pero me ha tocado vivir el mayor de los infiernos. Estoy a punto del mareo, me apoyo en el borde de la cama, vacía, sola, sumida en angustia. Esto no puede seguir así.
Después de mucho pensar, decido que iré a ver a un profesional, un psicólogo. Sin embargo, me doy cuenta de que no tengo dinero para pagar sus servicios y mi padre no puede enterarse de esto. Lo único que se me ocurre es coger el dinero sin que él se entere y devolverlo lo más pronto posible. Pero para ello, debo conseguir la combinación de su caja fuerte.
A las 8:00 escucho su despertador en la habitación de al lado. Tras él, la ducha y el desayuno. A continuación, entra en el despacho. Es mi momento. Desde la puerta me quedo mirando: él saca unos papeles del cajón del escritorio y los mete dentro de su maletín, mira por la ventana, al horizonte, se dirige a la caja y atina el número…entonces me alejo, creo que me he quedado con él.
Al salir del despacho, viene a mi habitación, me da un beso frío y callado, como todas las mañanas, y se va. Sigilosamente me acerco al despacho y pruebo la combinación. Efectivamente es la correcta. Pero he aquí mi sorpresa cuando descubro que no hay dinero allí dentro, sino una infinidad de papeles. Me puede la curiosidad y empiezo a revisarlos, parecen facturas y demás asuntos de la empresa que apenas logro entender, por lo que decido dejarlo, apesadumbrada por no haber conseguido mi objetivo. Pero cuando los vuelvo a meter en la caja, uno de ellos me llama la atención por su evidente antigüedad, el polvo recubre sus amarillentas esquinas y tiene pegada la fotografía de un bebé. Cojo el documento entre mis manos y leo en la parte superior: “Orfanato Santa María” y bajo la foto figura un año: “1989”. Mis ojos se quedan helados, cual piedra clavada en la tierra, no sé cómo reaccionar, no entiendo absolutamente nada de esto. Me guardo el papel y busco en Internet el nombre del orfanato, al parecer sigue existiendo, me apunto la dirección y me paso el camino pensando que cuando salga de clase iré allí directamente.
Pero su respuesta es clara: “no podemos facilitar los datos de este orfanato a cualquier persona, lo sentimos”. Entonces siento enfado, frustración…recuerdo la foto del parque, la agresión a Irene, este documento, la muerte de mi madre. Me siento tan debilitada que no soy capaz de seguir adelante, me siento en un banco cercano al orfanato y mientras lo miro, pienso lo que no quiero pensar: que soy adoptada.
Por la noche, necesito centrarme en algo que me aleje de todos esos pensamientos, por lo que empiezo mi trabajo de “teoría y práctica del hipertexto”:

Punto 1: hipertexto e hipermedia…

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Cuatro

noviembre 29th, 2009 by carplaes

-¡Joder Marc, menuda foto! Eso si que es estar en el lugar adecuado en el momento justo.- me espeta Paco, el quiosquero, nada más me ve entrar por la puerta. – No sabía que habías vuelto al negocio de la prensa.-

– Y no he vuelto, solo que… digamos que tropecé con la foto, y ya sabes, por los viejos tiempos.- La foto del altercado en la cafetería está en casi todas las portadas de los periódicos. Compro un par de ellos para ver que han escrito sobre los hechos, a saber que historias se habrán inventado.

Una vez en casa, me sirvo una buena taza de café y leo periódicos. Nadie tiene ni la más mínima idea de porque aquel individuo intentó agredir a aquella indefensa chica. – Joder ya nadie investiga estas cosas.- susurro tras sorber un poco de car.- solo se limitan a llenar los huecos que hay entre publicidad y publicidad.- Tras apurar la taza de café, me encierro en el laboratorio, tengo unos negativos aun por ampliar.

Mientras estoy en el laboratorio, oigo sonar el teléfono. Cuando estoy revelando o ampliando fotografías nunca cojo el teléfono. No me gusta dejar el trabajo a medias. Quién quiera que sea el que esté llamando, tendrá que dejar un mensaje en el contestador.

Sigo dos horas más metido en el laboratorio. Durante ese tiempo, el teléfono no ha parado de sonar. Finalmente pongo el laboratorio en orden y salgo. Al gilipollas que me ha estado llamando parece que no le gustan los contestadores automáticos, ya que, me habrá llamado unas veinte veces y no ha dejado un solo mensaje. No pasan ni cinco minutos y vuelve a sonar el teléfono.

– ¿quién es?

– Joder Marc, al fin coges el jodido teléfono.

– ¿quién eres?

– Coño Marc, soy Jaime. Oye, supongo que sabrás que esta mañana hemos publicado tu foto ¿no? Bien pues necesito que me hagas un favor. Necesito que te encargues de un asunto.

Maldito Jaime. Se trata de mi antiguo editor, cuando deje de cubrir conflictos bélicos estuve trabajando para Jaime en el periódico el País.

– Oye Jaime. No se si es que últimamente has estado bebiendo demasiado pero ya no me hago cargo de ningún asunto para tu periódico. Esos asuntos tuyos fueron los que mandaron a la mierda mi relación con Karen o acaso no lo recuerdas.- le contesto con tono irritado.

– Ya se que estás retirado, pero esto es importante. Te necesito, te lo pido como un favor personal. Recuerda me debes más de un favor. Sólo quiero que vayas a la universidad y te encargues de investigar un asesinato.

– ¿Por qué tengo que ir yo? Acaso no tienes una redacción llena de periodistas que gustosamente cubrirían esa información.

– Ellos no tienen ni tu instinto ni tu olfato. Eres un jodido sabueso naciste para esto y lo sabes. Además, el fiambre, es el tipo que aparece en tu foto, el que intento agredir a la chica de la cafetería. Sólo quiero que investigues este caso, luego no te pediré nada más. Lo prometo.

Jaime siempre fue un hijo de puta, sabe como manipularme para que haga lo que el quiere.

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