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El error de su vida

diciembre 28th, 2009 by amarge

No puedo dejar de pensar en todos los años que he tratado de defender a quien no era mi padre; los momentos de soledad que he pasado tras las puertas de una habitación vacía, colmada de recuerdos de una madre que tampoco me dio a luz. El abrazo de Silvia es tan intenso como las palabras de Javier, sus rostros denotan una combinación de tranquilidad, felicidad y sorpresa, y mi mente está tremendamente aturdida.
En el sofá de aquella casa de dos plantas, preciosa, sin duda, Silvia y Javier intentan explicarme todo lo sucedido:
Silvia era una adolescente responsable y dinámica que soñaba con convertirse en una gran periodista. Al entrar a la Universidad, su vida empezó a encaminarse por donde ella quería; los estudios le iban viento en popa y además, encontró alguien con quien compartir las frías noches de invierno en su piso de estudiantes. Cuando Silvia acabó la carrera, pronto empezó a buscar trabajo. Tras larga búsqueda, pudo emprender su carrera en un modesto periódico. En esos momentos, Silvia y Javier ya apenas se veían, cada uno tenía su vida y ellos sabían que no podían estar juntos. Aquello no había sido más que una aventura de adolescentes.
Sin embargo, el día que Silvia cumplió 25 años, Javier fue a su casa con un ramo de flores. Ella se alegró mucho de esa visita, pues hacía tiempo que no se veían. El vino y las interminables palabras que conformaban sus anécdotas pasadas y presentes, consiguieron que ambos compartieran las ganas que guardaban en su interior.
Dos meses después, Silvia advirtió signos de embarazo. Llamó a Javier, pero él estaba en otra ciudad, debido a su trabajo. Trascurridos tres meses, él fue a casa de Silvia, por segunda vez. Hablaron durante mucho tiempo e intentaron buscar una solución. Los dos vivían solos y muy volcados en su trabajo. Sabían que eran incompatibles, y que lo único que podían compartir más allá de una amistad era la cama. Al final, decidieron dar a aquella niña en adopción, y al poco de nacer, la llevaron al Orfanato Santa María.
Me llevaron allí. Al tiempo, una familia de la ciudad me adoptó. Cuando yo tenía unos diez años, todo empezó a ir mal en casa. Mi padre gritaba continuamente, y en ocasiones recurría a la violencia contra mi madre. Yo me encerraba en la habitación y me tapaba los oídos bajo la sábana. Aquellos insultos, aquellos golpes, se grabaron a fuego en mi mente. Y en mi corazón.
Un día, cansada de escuchar todo aquello, me escapé de casa, y corriendo me perdí. Pregunté a una mujer sobre el paradero de mi calle, y ella me llevó hasta casa. Al abrir, el débil cuerpo amoratado de mi madre me abrazó en silencio. Sin saber porqué, también la abrazó a ella. Esa mujer era Silvia, y desde entonces fueron inseparables.
Jamás Silvia esperaría que yo era la hija que dejó en aquel orfanato, el error más grande de su vida, pues se arrepintió siempre de haberlo hecho.

Todo esto ha sido una gran sorpresa, pero estoy más tranquila, ya que por fin sé lo que pasó y además, Silvia para mí siempre ha sido como una madre. Sin embargo, ni tan siquiera a ella le puedo contar mi terrible secreto…
Suena mi móvil, me avisan de que mi padre ha tenido un accidente y está en el hospital. Salgo corriendo. ¿Qué habrá pasado? ¿Otra vez el alcohol habrá sido su copiloto? Prefiero no pensar.

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