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Los años que quemamos juntos

diciembre 27th, 2009 by ilochi

Entre viejos recuerdos como Sultan of swing de Dire Straits, disfruto de mi espumoso baño e imagino cómo hubiera sido mi vida si no le hubiera conocido. Una vida segura, una vida corriente. Y después de tantos años de incansable lucha, me encuentro con esto. Un muerto a mis espaldas; mentiras, sospechas, acusaciones, dudas… remordimientos.

Toni era un buen chico cuando yo le conocí, tal vez un poco chulo, eso sí,  pero me trataba bien, me quería. Nos queríamos. Éramos dos jóvenes alocados, sin demasiadas responsabilidades, con toda una vida por delante. “Todavía nos quedan muchos años por quemar”, solía decir. Nos encantaba ir los domingos al cine y sentarnos en la última fila para hacer manitas; recorríamos las calles con su Harley; fumábamos canutos y después nos hartábamos de comer torres de helado con chocolate caliente… Una tarde, Toni talló en el tronco de nuestra sequoia, un corazón con nuestros nombres y junto a ellos unos versos:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío”.

Le encantaba Neruda. Ese día me prometió amor eterno, y yo le creí.

Sin embargo las cosas no fueron tan bien como imaginábamos. Toni no encontraba trabajo y en su casa las cosas no iban bien, necesitaba dinero. Una noche, mientras paseábamos, un coche negro nos cerró el paso. De él salieron tres hombres de aspecto sospechoso. Se acercaron amenazantes y tras unas cuantas acusaciones e insultos, aquellos desconocidos le asestaron varios golpes que lo dejaron inconsciente. Impotente y aturdida en mitad de la noche, pedí auxilio desconsoladamente. Varios días después descubrí que Toni andaba metido en asuntos de tráfico de drogas.

Desde entonces, nuestra relación fue empeorando. Las mentiras me consumían y sus inexplicables idas y venidas nos estaban distanciando a paso agigantado. Mientras, yo empecé mis estudios en la universidad. Allí encontré todo lo que me faltaba: estabilidad, serenidad, responsabilidad… los libros me acogieron como viejos amigos, y no sólo ellos. Guillem, mi profesor,  se convirtió en mi más íntimo amigo y consejero.

Una noche invité a Guillem a venir a mi casa. Por aquel entonces ya me había independizado y Toni y yo ya no estábamos juntos, aunque él se resistía a aceptarlo. Preparé una cena deliciosa, a la luz de las velas. Quería agradecerle todo lo que había hecho por mí.

Tras el pato polé con puré de boniato y crujiente de piña, el biscuit glasé de almendras tostadas, y las más de dos botellas de vino tinto español y champán francés; Guillem y yo acabamos tumbados en el sofá del salón, besándonos. Besándonos bruscamente, salvajes, como si soltar al otro fuera perderle para siempre. Una prenda, otra… la cosa siguió hasta que absortos en nuestra lucha pasional, Toni, haciendo uso indecente de su juego de llaves, interrumpió nuestro momento colocado hasta las cejas de toda esa mierda con la que trafica. Insultos, gritos, golpes… Toni nos martirizó a los dos hasta saciar su incontrolable rabia.

Tras aquel incidente, Toni volvió para pedirme perdón. Y le perdoné. Me alejé de Guillem, lo hice por nosotros -más por él que por mí-. Toni y yo volvimos a vivir juntos. Yo seguí con mis estudios, ahora a distancia. Me licencié. Él no vino a mi graduación, detestaba que hiciera cosas fuera de casa. –No sirves para nada- solía repetirme. Nunca lo reconoció pero seguía metido en las drogas. Llegaba a casa colocado. Yo no encontraba trabajo de lo mío. Me sentía inútil.

Al cabo de los años reuní valor y me separé definitivamente. Me acosaba, pero nunca cruzaba esa línea que hace falta para que la justicia lo apresara. Intenté rehacer mi vida. Hice el doctorado -de nuevo los estudios me acogían en esos momentos de flaqueza-. Cambié de ciudad y conseguí entrar en la universidad para cubrir una baja maternal. Al tiempo me hicieron fija. Pero nunca dejé de saber de él.

Hace unos meses me ocurrió algo totalmente inesperado. Andaba de camino a casa, cuando al pasar frente a una librería pensé en entrar. Una vez allí la persona que menos esperaba vino a mi encuentro: Guillem. Pasamos la tarde juntos y también la noche.

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