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Linealidad interrumpida
noviembre 8th, 2009 by ilochi
Tras mi última clase, me apetece desconectar. Dejo tras de mí, un grupo de dispersos alumnos de miradas perdidas y pensamientos fugaces viajeros de sus propias mentes. Sus mentes, grandes espacios hipertextuales inmateriales. Pensamientos que se enlazan unos con otros y trazan una red hiper compleja, de nodos, vínculos, hiper vínculos… Que les transportan a otros lugares, a otros momentos. A situaciones tan reales como a una noche de borrachera.
Me esfuerzo por hacer clases que resulten ciertamente atractivas. ¿Me esfuerzo? No, realmente no. Doy clase como me gustaría que me la dieran a mí, o eso creo. Me gusta relacionar los conceptos más teóricos con elementos tan irracionales como la belleza. Pero no resulta suficiente para mantenerles despiertos. No consigo mantenerles ajenos a esa especie de letargo en el que se sumen. Esa especie de realidad virtual que a veces me resulta casi más real que mi propia explicación.
En resumen: belleza conjunta no ha resultado ser mejor lección que cualquier otra. O al menos, no más interesante. Y no es frustración lo que siento, o quizá sí, pero tampoco quiero pensarlo. Ahora mismo el entramado que configura mi trayecto ciberespacial se está liando y si sigo no voy a poder retroceder, así que más vale una retirada a tiempo.
Salir de clase, subir las escaleras, entrar en mi despacho – ¿mi despacho?- ¡Dios! ¿Por qué digo mi despacho? ¿Pone mi nombre a caso? No. Según los de mantenimiento la plaquita que lo identificará está al caer – ¡cuidado no les vaya a caer encima un día de estos! Porque llevamos así meses- . Tampoco es que el día que caiga la dichosa placa el despacho pase a ser mío exclusivamente –es uno de esos despachos compartidos- pero al menos mis alumnos sabrán dónde han de acudir cuando tengan dudas. Y quizás de ese modo, cuando consigan encontrarme y satisfacer su adolescente curiosidad, ¡retoman el interés por la asignatura! No sé, quizás estoy poniendo demasiadas expectativas en esa placa.
Salgo de la facultad. Llueve. Esto no es rutina, es más, es casi anecdótico. Cojo mi escuálida bicicleta y “chano chano” –como dicen en mi pueblo- hago camino. En el trayecto hacia casa suelo repasar mentalmente –de acuerdo, no siempre es mentalmente, de vez en cuando hablo en voz alta y la gente me mira raro- repaso la lección pasada y preparo la siguiente. La brisa fresca, los caminantes en las ceras, el tráfico, las señales, el ruido, la ciudad… me aportan cada tarde algo nuevo, que quizás incluyo en mis lecciones –no me gusta la palabra lecciones, no sé por qué la uso-. Para la semana que viene, la ruptura de la linealidad en la literatura hipertextual. La vida no es lineal. Cada tarde es diferente, a pesar de que sigamos el mismo recorrido. Como decía Humberto Eco acerca de la lectura más activa. En la lectura digital tomamos el control del texto. Creamos una nueva forma de difusión cultural. Es el lector el que decide qué camino le interesa explorar en cada momento.
Cambio de ruta. La lluvia se está intensificando. Voy a tomar otro camino porque creo que es más corto. La ventaja de configurar tu propio camino en el espacio hipertextual hace que como dicen autores como Bierce, Cortázar y Joyce, se rompa la linealidad y nos acerquemos con mayor atino a la realidad de un modo más natural. El lector se ve obligado a elegir dentro de un gran abanico de opciones aquello que más le interesa. Como esa mujer que decide utilizar el periódico a modo de paraguas. La lectura en el espacio cibernético nos lleva de un texto a otro estableciendo relaciones constantes entre ellos. De este modo, a pesar de que las secuencias que componen la obra sean lineales, su lectura deja de serlo en el momento en que se interrumpe el ritmo. Los diferentes links conductores de la trama, suponen digresiones climáticas que rompen la linealidad.
Estoy empapada y casi está cayendo piedra. Para colmo el camino no parece ser más corto. Pincho en el link de una pintoresca cafetería que hace esquina. Mi bici, descansando sobre una farola, mojándose. Yo, sentada a cubierto en un local nuevo para mí. Una pareja de enamorados, un solitario caballero con su PDA, dos hombres y dos más. A unos los tengo en frente, a los otros a mi derecha. Ninguno está mojado, deben de haber entrado hace un rato, cuando todavía no llovía. Los que están frente a mí observan con atención, ¿qué es? –miro sin demasiada discreción- ¡ah! Fotos, están viendo unas cuantas fotos.
-“¿Muerto? ¿McLuhan ha muerto?”. Toda mi atención se centra en la mesa de la derecha.
-“¿Qué desea tomar?” – Interrumpe mi escucha la joven camarera de acento galo con su dulce voz.
Esta tarde, mi linealidad se ha roto por completo.
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